domingo 12 de abril de 2009
GOTAS.
Llueve. De hecho lleva lloviendo toda la noche. Lo sé porque desde la cama con la cabeza pegada a la almohada escucho las ruedas de los coches sobre el agua en la calzada. Es algo habitual en esta ciudad, de eso no tendrá duda todo aquel que la conozca un poco, pero cuando lo hace nadie ve más allá de si tiene los dobladillos del pantalón mojados o del agua que tramposa ha quedado debajo de las baldosas sueltas. Llueve contra el suelo, contra los árboles, los tejados o incluso las piscinas, y las gotas, auténticas protagonistas, lo viven de una manera distinta cada una. De día o de noche, eso no importa en absoluto, la sensación de caer del cielo viene a ser la misma, aunque seguramente a oscuras gane en emoción. La diferencia viene cuando su transporte sobrevuela una ciudad o un pueblo. Si hace viento las gotas más desafortunadas no alcanzan el suelo y se estrellan contra las ventanas de los edificios o contra las paredes; en mi casa la inmensa mayoría de ellas son tragadas por las grietas de la fachada y en pocos días forman parte de la sempiterna y sombría mancha de humedad que hay en el descansillo de la escalera. Es el particular infierno de las gotas. Pocas son las que advertidas del horror que les aguarda son capaces de ingeniárselas para evitar el hueco y resbalar por la pared hasta el suelo desde donde tarde o temprano pueden volver a evaporarse. Y es que ese es el destino soñado. Es la culminación del ciclo al que están condenadas. Algunas afortunadas caen divertidas sobre las rosas del patio, sacudiendo violentamente los pétalos porque la velocidad a la que caen es asombrosa, pero eso es algo en lo que nadie piensa ¡valiente memez fijarse en la velocidad de la lluvia!. Sin embargo y a pesar de la ruta por la que los vientos dirigen las nubes ellas se lo pasan genial. Disfrutan de la caída un montón de metros sin pensar en el destino final. No quieren saber si van a caer en una charca de la sabana africana o en un tejado de Murcia. El destino sólo es motivo de nervios los últimos metros, ya que desde que se tiran disfrutan del vértigo y sería bobada estropear esos instantes. También en esto las hay atrevidas, y son las que se enganchan a las nubes que ponen rumbo a un ciclón tropical o a las desafiantes y temibles tormentas polares. Pero tampoco es motivo de tristeza o agobio un viaje en particular, pues en su fuero interno saben que tarde o temprano (quizás años pero eso no importa) volverán a caer vertiginosamente desde las alturas.
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7 comentarios:
Esto es aprovechar un día lluvioso, si señor!
"Gotas que mueven molinos, encharcan el suelo, llevan la vida y siempre humildes se vuelven a la tierra." Así es una canción brasileña.
Escribes y describes de manera IM-PRE-SI-O-NAN-TE!!
Saludos
PD -> He puesto un enlance hacia tu página en mi blog. Espero que no te importes. ;)
Gracias Gon, como siempre el primero en comentar, y para bien además.
Liliane, no sé qué decir. Tanto halago me hace pequeño, de todas maneras quiero "advertirte" que este es un blog de protesta, y que estos pequeños/diminutos ejercicios de estilo son escasos; eso sí, seguiré con ellos y sin duda más a menudo viendo los piropos que me caen. Gracias por el enlace, y en absoluto me importa ¡faltaría más!
Mil gracias por tu apoyo, más que eso, incontables. no hay palabras....
Ya sabes mi nombre RM, Si te apetece buscarme en Facebook (si tuvieras perfil lógicamente) podemos debatir más tranquilamente. De todas maneras, es muy triste que la gente no se ocupe de lo suyo. Te seguiré apoyando ante esa panda de neos. Un abrazo.
Preciosa manera de ver un dia de lluvia. Casi note la humedad, casi escuche su caida, casi senti su roce al caer...mil gracias por hacerme disfrutar de ese instante...
Mil gracias a tí por semejante piropo a mi forma de escribir. ¡Besos!
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