Estaba de compras en la calle, un día magnífico, y he empezado a escuchar una mezcla de gritos y "música" que me resultaba familiar. Y aunque digo familiar, hacía muchos años que yo no veía uno de estos por Vitoria. Un hombre joven, batiendo la armónica y al grito de ¡¡Se afilan cuchillos y tesoiras!!.Lo recuerdo en el barrio donde me crié rodeado de vecinas con sus chuchillos y tijeras, aunque no iba en bici como el de la foto. Aparecía en una Mobilette a la que mantenía con la rueda trasera levantada y con el motor en marcha para poder hacer girar la piedra esmeril. Mirando por la ventana de la cocina, y ese ambiente tan especial con la radio encendida y la olla en marcha mientras en casa se preparaba la comida. Viejos recuerdos.
El caso es que no he podido evitar sacar la cámara y retratarlo para la posteridad. En la era del usar y tirar llama la atención que sobrevivan estos oficios tan sacrificados, y a mí en particular me hace ilusión; soy un nostálgico.
Me gusta la tecnología pero por ejemplo echo de menos recibir una carta manuscrita. Para mí eso era toda una liturgia. Abrir el sobre y recortar el sello para guardarlo, metiéndolo en agua caliente y poder despegarlo... eso sí, con un poco de sal para que no se fuera el color. El olor a papel, y a tinta cuando te escribían con pluma, e incluso en ocasiones cartas perfumadas que, como si supiera lo que me iba a devenir el futuro, guardé embutidas en sobres herméticos de plástico para evitar en la medida de lo posible que ese olor se desvaneciera.
Y sin embargo y a pesar de todo aquí estoy, mirando las direcciones de correo electrónico, escribiendo en la web, descargando las cámaras digitales, y cargando de música el mp3. Con un ratón y un teclado inhalámbricos, conexión Wi-Fi, y el gps de la bici encima de la mesa del ordenador.
Al menos he conseguido para mi memoria futura la imagen (digital) de ese afilador que me ha traído tantos y tan buenos recuerdos de infancia.
Cualquier tiempo pasado... fue anterior.



