Ya está, se acabó. Ya han terminado los conciertos, las actividades culturales y la jarana. La gente ya se ha ido de vacaciones y en la ciudad quedamos cuatro gatos. Comenté el otro día lo bueno de las fiestas y la alegría que habia, pero hoy, una vez finalizadas comentaré las cosas que en mi humilde opinión sobran. En cualquier lugar del mundo una fiesta lleva implícito el abuso, si bien la conciencia colectiva lo considera parte del barullo y no lo rechaza. Y yo lo del abuso lo puedo entender y aceptar, pero cuando no pasa de uno mismo. Si te tomas tres cubatas o treinta es problema tuyo porque te los has tomado tú, pero si el hecho de tomar esos cubatas va a provocar que te vuelvas "graciosito" entonces es problema de todos. Eso pasa hace unos años ya con muchos blusas (ni mucho menos todos, pero la cantidad va en aumento). El hecho de vestirse de blusa/neska parece que a algun@s les otorga una serie de poderes especiales que consisten en, por ejemplo, parar el tráfico de las calles incluyendo ambulancias, empujar en las colas de los conciertos o los baños hasta que están dentro sin haber esperado como los que estaban delante, insultar y meterse con cualquiera que les mire raro, mojar al personal cercano a ellos con cualquier tipo de líquido aunque a estos no les haga ni gracia, "coger" (mangar) mobiliario de los bares para hacer la gracieta de turno, estampar botellas y vasos contra el suelo aunque estén rodeados de gente... y no sigo que me aburro. Y todo esto no es sino lo que un servidor ha visto este año en repetidas ocasiones y en años anteriores lo mismo. Y sí, claro que l@s hay muy gracios@s que yendo a su rollo y sin molestar al personal animan la calle, pero por desgracia, mi sensación es que se van quedando en minoría. Muchos en algún momento hemos hecho bobadas "patrocinadas" por el kalimotxo, pero no de manera reiterativa y de forma tan absurda. Las cuadrillas de blusas y neskas deberían crear un código ético en el que basen su fiesta y su alegría en el humor, en lo estrafalario, en la ironía y el sarcasmo, en el buen comer y el buen (o mal) beber. Que ellos mismos rechacen la estupidez de algunos que por acaparar protagonismo se pasan de listillos, y es que han de pensar que la esencia de las fiestas es la diversión conjunta y el papel de las cuadrillas ni más ni menos que promover ésta.
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