Napolitano de nacimiento, y ciudadano del mundo. Vivió en Londres, en Portugal, en Zaragoza y acabó en Vitoria-Gasteiz para irse otra vez dejando un trabajo fijo. Cogió el avión para volver a Londres y a las tres semanas regresó a Nápoles, ciudad peculiar patrimonio del hombre, porque la niebla y la ausencia de sol en la capital inglesa le comían el alma. Independiente, discreto, un tanto despistado también, pero amigo sincero. Defensor de todos y enemigo de sí mismo. Te buscaba y te preguntaba cual era el motivo por el que estabas triste, y te hacía ver que no valía la pena; cuando le buscabas a él,cuando le preguntabas, respondía con un lacónico "tranquilo".
Lo cierto es que casi siempre sonreía y no era difícil que soltara una carcajada o un disparate con ese acento tan peculiar marcado por tantos idiomas y ciudades que ha conocido. "Sácate el calcetín de la boca que no te entiendo ni papas Vini". Y respondía riéndose con un "cabronaso". Y ahora, con esa determinación de la que ha hecho gala siempre, se le ocurre hacer el camino de Santiago, él sólo, y desde Roma. Y sonrío cuando llega una postal suya, porque los textos son un tanto místicos en ocasiones, y me lo imagino cual anacoreta en la edad media. Largo cayado, barba poblada, manos secas y agrietadas.
En una ocasión rodeó todo un monte por no pasar delante de un perro atado que le ladraba. Y días después, un jabalí le gruñó en plena oreja en la ladera de otro monte; el jabalí huyó monte arriba y Vini... monte abajo. Y en un monasterio le pedían el documento de identidad para poder entrar a dormir, pero por la mañana el propio abad le preparó el desayuno. Y Don Francesco, un cura de 90 años que le dió techo otra noche, le contó mil historias al calor de un hogar que no ha cambiado en cincuenta años. Sorprendido también por un matrimonio que le dió cobijo, cena y un vaso de vino sin pedirle nada a cambio, y sin aceptar nada, como si lo más natural del mundo fuera dar sin más ni más. Abrumado por esa gente no sabe muy bien cómo asumir que haga lo que haga nunca podrá agradecerles tanta amabilidad.
En algún punto del país galo camino de Roncesvalles, Vini, mi amigo, se encuentra sólo durmiendo bajo las estrellas acompañado de manadas de caballos asilvestrados; encontrándose a sí mismo, y descubriendo que el mundo a pesar de sus locuras, en el fondo tiene cura.
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Hoy mismo, viernes 18, he hablado con él, y después de haber estado muy malo con fiebre y dolores musculares por todo el cuerpo, ha tenido que regresar a Nápoles cuando estaba ya a 874 kilómetros de la salida. Una pena Vini, pero el mero hecho de haberlo intentado, es la leche. Abrazos amigo mío.
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