Mi memoría siempre ha dejado bastante que desear. Algunos me han acusado de guardar en mi cabeza sólo lo que me ha interesado y para lo que me ha interesado, pero lo cierto, se lo crea el lector o no, es que soy de naturaleza despistada. Olvido fechas importantes y nombres de amigos (si hace tiempo que no los veo). Y no es algo de lo que presumir, pero por más que lo intento no puedo evitarlo; no es algo premeditado. Si el interfecto que ha desaparecido de mi base de datos es hombre, y nos llevábamos bien, recurro al siempre socorrido saludo: "¡Qué pasa Jeremías!". Y es que el nombre da igual, lo importante es transmitir buen rollo. Si el olvidado no pasaba de mero conocido: "Aupa, ¿qué tal?"; sin aspavientos y procurando evitar que la conversación, a ser posible corta, se desvíe hacia derroteros personales para así no tener que demostrar mi escasa capacidad retentiva. Si me suena su cara pero nada más, un gesto con la cabeza y sigo camino. No miento si digo que esta limitación me ha causado más de un problema; tampoco es muy difícil imaginarme en el día a día. Y por razones que no daré a conocer, este "despiste" ha multiplicado el problema cuando la persona con la que me cruzo es del género femenino.
No soy un adonis, y en mis tiempos mozos, mis amigos y compañeros de cuadrilla eran los que se llevaban las miradas y halagos propios de la "edad del pavo". Esa razón, que contada si más ni más puede resultar un tanto peregrina, me llevó a ser "el amigo de...", y a desconocer los nombres de las chicas que rondaban las verbenas de los pueblos en fiesta o las zonas de fiesta de Vitoria-Gasteiz, por cuanto no solían dirigirse a mí. Y bueno, esto sólo explica un período más o menos largo de mis lagunas. De jovencito, por mucho que estudiara y leyera (amén de mi limitada predisposición al esfuerzo), no había manera de que mi materia gris asimilara fórmulas matemáticas o realizara análisis de texto.
Como contrapartida, puedo ver una película docenas de veces y no acordarme del final nunca, o leer un libro más de una y sorprenderme en cada ocasión con el argumento.
Si me conoces, si sabes quién soy, pero al cruzarnos por la calle no hago mención de saludarte, no te lo tomes a mal por favor, tan sólo es una limitación que me acompaña desde tiempos inmemoriales (para mí la semana pasada) y hazme una pequeña señal con la que poder ubicarte dentro de este melón que dispongo por cabeza.
2 comentarios:
Y si te metes mi foto al bolsillo???? jijijiji muxussss
No hay problema, no me voy a olvidar.. ;)
Publicar un comentario en la entrada